El Maestro es un formador

Alberto Linero Gómez

Profesor Universidad de la Costa

El ejercicio del maestro tiene que incluirse en una dimensión holística en la que se implique el desarrollo personal y no quedarse en la muy importante adquisición de conocimientos y desarrollo de habilidades.  El maestro tiene que entenderse como un formador, es decir, como aquel que genera espacios en los que los estudiantes viven un proceso de formación.

Entiendo la formación desde el concepto alemán Bildung, “que es trabajo sobre sí mismo, cultivo de los talentos para el perfeccionamiento propio. Ella apunta a hacer de la individualidad una totalidad armoniosa, lo más rica posible, totalidad que en cada uno permanece vinculada a su estilo singular, a su originalidad. La Bildung es, pues, la vida en el sentido más elevado” (Fabre, 2011 p.217). Sabiendo que este siempre es un evento social, se da en la relación con los otros actores del proceso.

En este sentido el maestro es uno que provoca ese encuentro del sujeto consigo mismo, para propiciar la toma de conciencia necesaria de su problemática, de su condición de persona, de su ser sujeto y así pueda tener una opción fundamental que le dé sentido a su existir. El maestro genera el espacio para que el estudiante tenga la capacidad de tomar distancia respecto de sus instintos y necesidades básicas y ganar con ello la libertad, pudiendo trascenderse a sí mismo, en un ir más de allá de lo que sabe y experimenta directamente, pudiendo reconocer en lo extraño lo propio (Dörr, 2017). Es de esta forma que el sujeto adquiere una forma desde su identidad y autenticidad. 

La formación está ligada con el sentido mismo de la vida, yendo más allá del desarrollo de unas habilidades y competencias. Esto implica una pedagogía, un discurso, una didáctica que impacte al sujeto de tal manera que le ocasione las preguntas, las reflexiones, las respuestas para la construcción de una personalidad estructurada que haga posible su auto realización, su auto superación y su inclusión en su sistema social. Esto no se logra desde una educación soportada en una filosofía de la conciencia en la que hay una subordinación entre el sujeto que enseña y el objeto (sujeto) que aprende, sino que es necesario que la filosofía que impulse el hecho educativo sea dialógica, de dos sujetos, capaces de comunicarse, de interactuar, de comprometerse. Sin esa posibilidad no hay formación, no hay verdadero encuentro antropológico.

La acción de maestro-formador impacta la vida toda del estudiante, desde cualquier especialización del conocimiento que se trabaje. Por eso cualquier conocimiento por muy particular que sea tiene que estar en relación con lo que Habermas (2014) llama el mundo de la vida.

En la sociedad de Google, el ejercicio del maestro tiene que ir más allá de la explicación de conceptos y la exposición de argumentos, tiene que internarse en el espacio de la interacción que guía, que propone itinerarios de vida, que comunica valores éticos. Es allí donde su función puede ser irremplazable, ya que lo más valioso de la formación se da cuando no se tiene la intención explícita de enseñar, sino que se interactúa cotidianamente desde los roles de maestro-estudiante.

Referencias

Dörr, O. (2017). La educación como formación (Bildung). Psiquiatría Universitaria13(2).

Fabre, M. (2011). Experiencia y formación: la bildung. Revista Educación y Pedagogía, (59), 215-225.

Habermas, J. (2014). Teoría de la Acción Comunicativa. Madrid: Editorial Trotta.

 

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