Redes Sociales Y Construcción De Identidad: Lo Que La Escuela Protege Y Lo Que La Universidad Debe Enseñar
Algo cambió entre 2010 y 2015 en la vida de los jóvenes del mundo occidental, y los datos lo registraron sin ambigüedad. Las tasas de ansiedad entre adolescentes aumentaron un ciento treinta y cuatro por ciento. Las de depresión, un ciento seis. Las consultas por autolesiones y los intentos de suicidio en adolescentes alcanzaron cifras inéditas desde que se llevan registros (Haidt, 2024). Pocas hipótesis han sido planteadas con tanta fuerza para explicar este fenómeno como la que señala al smartphone y a las redes sociales como factor causal central, justamente en los años en que ambos se masificaron entre menores de edad. La hipótesis tiene críticos serios en la propia comunidad científica, como Amy Orben (2024), que sostiene que la evidencia es más matizada de lo que el debate público suele admitir. Pero el fenómeno está allí, las cifras existen, y la conversación pedagógica no puede seguir esquivándolo. La pregunta para la escuela y para la universidad ya no es si las redes afectan la identidad de sus estudiantes. Es qué hacer con eso.
Conviene partir de un marco teórico clásico que ilumina el problema. León Festinger (1954) propuso, hace ya setenta años, que las personas construyen parte sustancial de su autoestima comparándose con otras. La hipótesis estaba pensada para encuentros cara a cara, no para un entorno donde cada joven puede compararse, en cualquier momento, con miles de versiones idealizadas de otros jóvenes. Las redes sociales han escalado la comparación social a una magnitud que el modelo original no anticipó. Y han hecho algo más complicado: la han vuelto unidireccional. El adolescente no se compara con sus compañeros de clase reales, sino con la versión filtrada, editada, optimizada de lo que sus pares deciden mostrar. La comparación, en estas condiciones, casi siempre sale perdiendo. Y de esa pérdida estable se nutren buena parte de los problemas de autoestima que la investigación reciente documenta.
Conviene poner sobre la mesa un dato que la conversación pública sobre redes y adolescencia suele esquivar. El cerebro de un adolescente no funciona como una versión reducida del cerebro adulto. La corteza prefrontal, esa región que sostiene el juicio, regula las emociones y permite anticipar consecuencias, sigue madurando aproximadamente hasta los veinticinco años. Dicho de otro modo, cuando un chico de doce o catorce años pasa varias horas al día frente a plataformas diseñadas por equipos especializados para capturar su atención y para producir comparaciones sociales permanentes, está enfrentándose a un estímulo que neurológicamente no estaba preparado todavía para procesar. La conclusión es directa, y por eso la han adoptado ya varios países: la escuela tiene una responsabilidad de protección. No de prohibición moralista, sino de protección informada. Reducir el acceso al smartphone durante la jornada escolar, postergar la edad de ingreso a redes sociales, restablecer la primacía del juego presencial sobre la conexión virtual. Estas son medidas de salud pública, no opiniones culturales. Y tienen base en neurociencia del desarrollo, no en nostalgia.
Llegados a la universidad, en cambio, hablamos de cerebros distintos. Ya no son estructuras en pleno proceso de formación, sino las de adultos jóvenes con capacidad plena de juicio, pero todavía permeables a los mismos mecanismos que durante su adolescencia los moldearon. Un estudio reciente con doscientos setenta y ocho estudiantes universitarios encontró exactamente eso: una correlación negativa significativa entre el uso intensivo de redes sociales y la autoestima de los participantes (Macedo, 2024). Otro estudio con universitarios europeos encontró que el miedo a perderse experiencias —el llamado FOMO— y la vulnerabilidad emocional ante lo que ocurre en línea son particularmente altos en esta población (Varchetta et al., 2020). La universidad no puede prohibir lo que la escuela hubiera podido prevenir. Lo que sí puede, y debe, es algo más exigente: enseñar a leer críticamente lo que las redes hacen con la identidad propia.
Enseñar conciencia crítica sobre redes sociales, en el aula universitaria, no es repetir advertencias morales sobre el uso del celular. Es algo más interesante, y más útil. Significa enseñar a un estudiante a reconocer cuando una hora de scroll lo dejó más ansioso de lo que estaba antes. A identificar qué cuentas alimentan su autoestima y cuáles la erosionan. A entender que las plataformas están diseñadas, literalmente, para que él se quede más tiempo, no para que esté mejor. A reconocer el FOMO como un estado producido, no como una sensación natural. A leer el algoritmo como un dispositivo con intereses propios, distintos de los suyos. Esto se trabaja, en concreto, integrando reflexiones explícitas sobre el uso digital dentro de asignaturas como ética, comunicación, psicología, sociología, humanidades. No en un taller aislado de fin de semestre. La conciencia crítica sobre redes, como cualquier otra forma de conciencia crítica, se construye conversando, comparando experiencias, ofreciendo marcos para entender lo que ya se está viviendo.
Hay una continuidad entre ambos niveles que conviene nombrar, aunque la conversación pública pocas veces lo haga. La universidad recibe a estudiantes formados por una escuela que, en la mayoría de los casos, no logró cumplir la función protectora que su contexto demandaba. No por mala voluntad, sino porque la velocidad del fenómeno superó a la del sistema educativo. Eso significa que el universitario actual llega con años acumulados de exposición a comparación social, validación intermitente, atención fragmentada y construcción de identidad mediada por algoritmos. La universidad, entonces, no parte de cero. Parte de un estudiante que viene moldeado por procesos que muchas veces él mismo no ha analizado. La tarea pedagógica, en este punto, no es solo enseñar contenidos. Es ofrecer al estudiante las herramientas para mirar hacia atrás y hacia adelante con criterio. Para entender, retrospectivamente, qué le hicieron las redes durante su adolescencia. Y para decidir, prospectivamente, qué relación quiere construir con ellas en su vida adulta.
Pensar la relación entre redes sociales, identidad estudiantil y sistema educativo exige una distinción que el discurso pedagógico promedio rara vez introduce. La escuela protege. La universidad enseña a leer. Son dos respuestas distintas a un mismo fenómeno, y las dos son necesarias. La escuela que no protege deja a sus estudiantes expuestos a procesos para los que su cerebro aún no está preparado. La universidad que no enseña conciencia crítica deja a sus estudiantes en condición de seguir construyendo su identidad bajo lógicas que no entienden. Ninguna de las dos puede sustituir a la otra. Pero ambas comparten una pregunta de fondo, que es la única pregunta verdaderamente importante en este tema: ¿quién se está formando en estas pantallas, y qué institución educativa va a asumir la responsabilidad de acompañar esa formación con la seriedad que merece? Esa pregunta, en Colombia, todavía está mayoritariamente sin responder. Conviene, en algún momento, dejar de aplazarla.
Referencias
Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117–140. https://doi.org/10.1177/001872675400700202
Haidt, J. (2024). The anxious generation: How the great rewiring of childhood is causing an epidemic of mental illness. Penguin Press.
Macedo, J. (2024). Redes sociales y la autoestima en los estudiantes universitarios de la Escuela de Psicología – Arequipa, 2024 [Tesis de licenciatura, Universidad Católica de Santa María].
Orben, A. (2024). The great rewiring: Is social media really behind an epidemic of teenage mental illness? Nature, 628, 29–30. https://doi.org/10.1038/d41586-024-00902-2
Twenge, J. M., Haidt, J., Lozano, J., & Cummins, K. M. (2021). Specification curve analysis shows that social media use is linked to poor mental health, especially among girls. Acta Psychologica, 224, 103512.
Varchetta, M., Fraschetti, A., Mari, E., & Giannini, A. M. (2020). Adicción a redes sociales, miedo a perderse experiencias (FOMO) y vulnerabilidad en línea en estudiantes universitarios. Revista Digital de Investigación en Docencia Universitaria, 14(1), e1187. https://doi.org/10.19083/ridu.2020.1187
Alba Cecilia Linares Soto
Arnold Francisco Díaz Jiménez
Profesores del Departamento de Humanidades – Universidad De La Costa, CUC.
Invitado
Mgtr. Sonnyer Martínez Moreno – Profesor Universidad De La Costa, CUC.