TikTok Y La Atención En Ruinas: Lo Que Está En Juego En El Aprendizaje Universitario

Lo notamos en clase y rara vez decimos hasta qué punto. Una explicación que dura más de quince minutos empieza a resultar imposible para buena parte del grupo. Una lectura de seis páginas se convierte en una negociación. Un texto sin imágenes, sin negritas, sin subtítulos, se siente para muchos estudiantes como una imposición. No es pereza, aunque a veces lo parezca. Es algo más profundo y, a la vez, más reciente: una transformación silenciosa en la forma como el cerebro joven está aprendiendo a sostener, o a no sostener, su propia atención. Y, aunque hablar de TikTok suene a discurso de adulto incómodo con la juventud, conviene mirarlo en serio. Porque lo que esa plataforma está reconfigurando no es un gusto generacional. Es la arquitectura misma de la atención humana.

Una cifra basta para entender la magnitud del cambio, y conviene leerla despacio. La doctora Gloria Mark, profesora de informática en la Universidad de California en Irvine, documentó que el tiempo promedio de concentración de una persona frente a una sola pantalla pasó de dos minutos y medio en 2004 a apenas cuarenta y siete segundos en 2021 (Mark, 2023). Cuarenta y siete segundos. Y la cifra empeora en los más jóvenes: estudios recientes sugieren que los adolescentes ya no logran sostener una sola tarea durante más de sesenta y cinco segundos, mientras los adultos apenas rondamos los tres minutos como tope (Hari, 2022). Esto no es una variación pequeña ni un detalle estadístico. Es una transformación cognitiva de gran escala, gestada en buena parte antes de TikTok, pero que TikTok ha terminado de instalar como norma. La plataforma —con sus videos de quince segundos diseñados algorítmicamente para no soltar al usuario— no inventó el problema. Lo perfeccionó.

Lo que ocurre neurobiológicamente está mejor documentado de lo que se suele admitir. Investigaciones conjuntas de la Universidad de California en Los Ángeles y la Universidad de Zhejiang han mostrado que los usuarios intensivos de TikTok presentan menor activación en áreas cerebrales vinculadas a la atención ejecutiva, junto con una búsqueda constante de novedad. Cada video corto entrega una pequeña descarga de dopamina, y el cerebro joven, expuesto durante horas a este patrón, aprende a esperar recompensas inmediatas para cualquier estímulo (Su y Wang, 2024). El problema aparece cuando ese mismo cerebro se enfrenta a una clase, un libro o un argumento complejo: tareas que no entregan dopamina rápida, que exigen sostener el esfuerzo sin gratificación instantánea, y que la lógica TikTok ya ha vuelto progresivamente intolerables. No es que el estudiante no quiera concentrarse. Es que está usando un cerebro entrenado, semana tras semana, para no hacerlo.

Los datos en contextos universitarios latinoamericanos confirman, sin sorpresas, el patrón. Una investigación reciente con quinientos treinta estudiantes universitarios de la Generación Z en la Universidad Latina de Costa Rica describió un uso de TikTok intensivo, mayoritariamente pasivo, altamente personalizado por el algoritmo: es decir, jóvenes que pasan horas consumiendo lo que el sistema decide entregarles, casi sin producir ni interactuar (Rojas-Mata, 2025). En México, la cifra de Statista (2025) suena casi modesta hasta que se la calibra: 2,8 horas diarias en TikTok entre los doce y los dieciocho años, que se vuelven seis cuando se suman las otras redes. Pero el hallazgo más incómodo lo aportó la UNAM, también en 2024. Los estudiantes que usaban TikTok más de tres horas al día mostraban un descenso del doce por ciento en su promedio académico, comparados con quienes lo usaban menos. Doce por ciento. No es opinión, ni alarmismo, ni cliché de profesor preocupado. Es lo que está ocurriendo, ahora mismo, en el cerebro de los estudiantes que llenan los salones universitarios cada mañana.

Antes de continuar, conviene evitar dos tentaciones igualmente fáciles. La primera es la condena moral generacional, esa que culpa al joven por consumir lo que la economía digital ha diseñado, con miles de millones de dólares invertidos en captología, para ser irresistible. No es justo responsabilizar al adolescente por caer en una trampa neuropsicológica armada por ingenieros expertos en explotar precisamente las vulnerabilidades de su cerebro en desarrollo. La segunda tentación, más sutil, es el relativismo complaciente: el discurso de que toda nueva tecnología asusta a los adultos, que ya lo decían de la radio, de la televisión, del cómic. Es cierto que cada generación ha temido a sus medios nuevos. Pero también es cierto que esta vez la evidencia neurobiológica no es alarmismo, ni nostalgia. Es resonancia magnética.

¿Qué hacer, entonces, desde el aula universitaria? Ni prohibir el teléfono como medida disciplinaria —que tiende a fracasar—, ni rendirse al formato breve como si fuera ya el único lenguaje posible. Lo que la evidencia sugiere es algo más exigente: entrenar deliberadamente, dentro de la universidad, la capacidad de atención sostenida que la cultura del scroll está erosionando. Esto se traduce en prácticas concretas. Lecturas largas con preguntas guía que obliguen a quedarse. Bloques de trabajo profundo en clase, sin pantallas, con tiempos claros y meta declarada. Conversaciones sobre el costo cognitivo del cambio de tarea, para hacer visible al estudiante lo que su propio cerebro está pagando. Reconocimiento explícito de los momentos en que se logra atención profunda, porque lo que se nombra se entrena. La universidad no puede ganarle la pelea a la economía de la atención. Pero sí puede, durante unos años decisivos, ofrecer un espacio donde la concentración profunda siga siendo posible, valorada y enseñada.

Pensar el efecto de TikTok en la atención universitaria es, en el fondo, pensar qué tipo de mente le estamos ayudando a construir al estudiante durante los pocos años en que su cerebro aún se está terminando de formar. Una mente fragmentada, entrenada para responder a estímulos de quince segundos pero incapaz de sostener un argumento por más de unos minutos, no es solo un problema académico. Es un problema vital. Como advierte Hari (2022), la atención sostenida es la base de todo logro humano: aprender un oficio, criar a un hijo, escribir un libro, sostener una amistad, defender una democracia. Si la universidad renuncia a formarla, está renunciando a algo mucho más grande que un objetivo curricular. La pregunta no es si los estudiantes pueden seguir usando TikTok. Eso ya está decidido. La pregunta es qué les vamos a ofrecer, en paralelo, durante los años en que todavía se puede defender una mente capaz de pensar en serio.

Referencias

Hari, J. (2022). El valor de la atención: por qué nos la robaron y cómo recuperarla. Península.

Mark, G. (2023). Attention span: A groundbreaking way to restore balance, happiness and productivity. Hanover Square Press.

Rojas-Mata, S. (2025). TikTok y prácticas informativas en la generación Z universitaria. Revista de Comunicación de la SEECI. https://www.seeci.net/revista/

Statista. (2025). Tiempo promedio de uso diario de TikTok entre jóvenes de 12 a 18 años en México. Statista Research Department.

Su, C., Zhou, H., Wang, L., Wang, F., & Vardanyan, V. (2024). Short video addiction and the brain: Neural correlates of TikTok use intensity. NeuroImage: Clinical, 42, Artículo 103618.

Universidad Nacional Autónoma de México. (2024). Estudio sobre uso de redes sociales y rendimiento académico en jóvenes mexicanos. UNAM.

 

Brayan Breiner Calabria Pacheco

Arnold Francisco Díaz Jiménez

Profesores del Departamento de Humanidades – Universidad De La Costa, CUC.

Invitado

Mgtr. Sonnyer Martínez Moreno – Profesor Universidad De La Costa, CUC.

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