El Nuevo Orden Tecnológico Y La Educación Superior: Formar Profesionales Para Un Mundo Que Aún No Existe
Hay una pregunta que conviene formular sin rodeos, aunque rara vez se haga en voz alta dentro de las universidades: ¿para qué mundo estamos preparando a nuestros estudiantes? El mundo profesional que los recibirá al graduarse —dentro de cuatro o cinco años apenas— no se parecerá demasiado al que conocemos hoy. La inteligencia artificial, la automatización, la reorganización global del trabajo están reescribiendo los oficios con una velocidad que la institución universitaria difícilmente alcanza a procesar. El resultado, sin que nadie lo busque, es que las universidades empiezan a formar profesionales para un mundo que ya no existe. La brecha entre lo que se enseña y lo que se va a necesitar es, vista con honestidad, el desafío más serio que enfrenta la educación superior contemporánea.
Las cifras del Foro Económico Mundial dan una primera idea de la magnitud del cambio. Future of Jobs Report 2025, basado en más de mil empresas en cincuenta y cinco economías, proyecta que entre 2025 y 2030 se crearán ciento setenta millones de empleos nuevos, mientras desaparecerán noventa y dos millones. El saldo agregado es positivo. Pero esa lectura agregada esconde una transformación estructural del veintidós por ciento del empleo global (World Economic Forum, 2025). Y, dicho esto, lo verdaderamente significativo no son los empleos. Son las habilidades. El mismo informe estima que el treinta y nueve por ciento de las competencias que hoy exige el mercado laboral quedarán obsoletas o serán transformadas en los próximos cinco años. Casi cuatro de cada diez. Un estudiante que entra ahora a primer semestre se gradúa, precisamente, dentro de ese plazo.
Conviene mirar con detalle qué tipo de habilidades están en ascenso y cuáles en declive, porque el mapa dice mucho sobre lo que la universidad debería revisar. En el primer grupo aparecen, como era previsible, las competencias técnicas: inteligencia artificial y manejo de macrodatos, ciberseguridad, alfabetización tecnológica. Pero junto a ellas, y con un peso comparable, aparecen habilidades de otro orden completamente: pensamiento analítico, resiliencia, flexibilidad, pensamiento creativo, curiosidad y aprendizaje permanente, liderazgo, influencia social. En el grupo de habilidades en declive, en cambio, figuran la destreza manual, la resistencia física, la precisión mecánica. La lectura es contundente. Lo que la automatización deja en pie no es solo lo más técnico, como suele asumirse, sino lo más profundamente humano: la capacidad de pensar críticamente, de adaptarse a lo desconocido, de cooperar, de seguir aprendiendo cuando ya nadie evalúa.
Aquí está el punto que cuesta digerir. En un mundo donde las máquinas saben hacer cada vez más cosas, y mejor, lo que el mercado laboral va a premiar no será competir con ellas en su propio terreno. Será, paradójicamente, ofrecer lo único que las máquinas no han podido aprender a replicar: entender el contexto, tomar decisiones éticas, crear desde lo propio, formular las preguntas que nadie ha formulado todavía, sostener una sensibilidad genuinamente humana. Yuval Noah Harari lo formuló con claridad hace ya varios años: la gran tarea educativa del siglo XXI no será transmitir contenidos, sino preparar a las personas para desaprender, volver a aprender y sostener la incertidumbre sin desarmarse en el intento (Harari, 2018). Lo notable es que el informe del Foro Económico Mundial, siete años después y por una vía completamente distinta —la de los datos empresariales—, está llegando exactamente a la misma conclusión.
Para América Latina, y particularmente para Colombia, el desafío tiene una capa adicional. No solo enfrentamos la misma transformación tecnológica global, sino que la enfrentamos desde una posición de desventaja estructural: menor inversión en investigación, brechas digitales pronunciadas, sistemas educativos que reaccionan más tarde que los del norte. La consecuencia es clara, aunque incómoda. Si la universidad latinoamericana no responde con velocidad y profundidad al cambio en curso, sus egresados llegarán a un mercado laboral global con un retraso estructural difícil de remontar. No se trata de copiar modelos extranjeros, ni de rendirse al discurso del emprendimiento. Se trata, en serio, de revisar qué se enseña, cómo se enseña, y para qué profesionales estamos formando, sabiendo que el mundo que los espera no es el que formó a sus profesores.
¿Qué puede hacer la universidad colombiana frente a esto? Lo primero, y más importante, es asumir que ya no puede ser solo un lugar donde se transmite un cuerpo de conocimientos estables, porque ese cuerpo dejó de ser estable. La universidad que tiene futuro será aquella que enseñe simultáneamente dos cosas: una formación disciplinar sólida, sí, pero acompañada de un entrenamiento explícito en las habilidades que el cambio no automatiza. Esto implica integrar en la malla curricular espacios para pensar críticamente con y sin tecnología, ejercicios reales de adaptación a problemas no estructurados, formación humanística que prepare al estudiante para juicios éticos complejos, y una cultura institucional del aprendizaje permanente que se modele desde el propio cuerpo docente. La Universidad de la Costa, como otras universidades del país, está dando pasos en esa dirección. Pero la cuestión no es si se camina hacia allá, sino con qué velocidad y con qué hondura se camina.
Pensar el nuevo orden tecnológico desde la educación superior es, en el fondo, pensar el contrato que la universidad le ofrece hoy al estudiante que ingresa. Si ese contrato consiste en entregarle, durante cinco años, un cuerpo de saberes que sus profesores aprendieron hace veinte, el estudiante saldrá al mundo con un mapa desactualizado. Si ese contrato consiste, en cambio, en formarlo como una persona capaz de seguir aprendiendo, de pensar críticamente, de cooperar con máquinas sin perder su criterio, de adaptarse a lo que aún no existe, el estudiante saldrá con algo mucho más valioso. No con una respuesta para el mundo de hoy. Con una capacidad para responder al mundo que venga. Y esa capacidad, conviene insistir, no se entrega en un manual. Se cultiva, semestre tras semestre, en cada aula donde alguien todavía cree que la educación superior es, antes que nada, una promesa al futuro.
Referencias
Harari, Y. N. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Debate.
Organización Internacional del Trabajo. (2025). World Employment and Social Outlook: Trends 2025. OIT. https://www.ilo.org/
PwC. (2025). Global AI Jobs Barometer 2025. PricewaterhouseCoopers. https://www.pwc.com/
UNESCO. (2024). Higher education and the future of work: Reframing the relationship. Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.
World Economic Forum. (2025). The Future of Jobs Report 2025. Foro Económico Mundial. https://www.weforum.org/publications/the-future-of-jobs-report-2025/
World Economic Forum. (2025). Four Futures for Jobs in the New Economy: AI and Talent in 2030. Foro Económico Mundial.
Brayan Breiner Calabria Pacheco
Arnold Francisco Díaz Jiménez
Profesores del Departamento de Humanidades – Universidad De La Costa, CUC.
Invitado
Mgtr. Sonnyer Martínez Moreno – Profesor Universidad De La Costa, CUC.