El Aula Como Refugio: Enseñar En Tiempos De Distracción Sin Pelear Con El Celular

Hay una pelea silenciosa que muchos profesores universitarios libran cada día sin haberla declarado formalmente: la pelea contra la distracción digital de sus estudiantes. Es una pelea que, conviene decirlo de entrada, se está perdiendo. La universidad no puede competir con plataformas diseñadas por equipos de neurocientíficos contratados para captar atención al máximo. Tampoco puede pretender que el aula sea más estimulante que TikTok, más rápida que Instagram, más gratificante que el scroll infinito. Esa es una batalla que no fue diseñada en condiciones justas. Y quizás, justamente por eso, conviene replantearla. La pregunta no es cómo gana el aula contra el celular. La pregunta es qué ofrece el aula que el celular nunca podrá ofrecer.

Las cifras del problema están bien documentadas. Los jóvenes adultos pasan cerca del cuarenta por ciento de sus horas de vigilia interactuando con pantallas. Esa exposición sostenida ha producido, según la neurocientífica Maryanne Wolf (2018), un fenómeno que ella misma describió desde una experiencia personal: ya no podía releer las novelas que de joven la habían apasionado. El argumento la cansaba. Las páginas largas la impacientaban. La complejidad sostenida se le hacía cuesta arriba. Su libro Lector, vuelve a casa documenta lo que el aula universitaria ya percibía sin nombrarlo: estamos perdiendo la capacidad de lectura profunda, esa capacidad lenta, paciente, exigente, que es la base de cualquier pensamiento complejo. Frente a esa pérdida, la universidad puede hacer dos cosas. Puede sumarse al ritmo digital y entregar contenido fragmentado en cápsulas de tres minutos. O puede convertirse en lo contrario: el lugar donde la lectura profunda todavía se practica.

El profesor de Georgetown Cal Newport, en su libro Deep Work (2016), formuló una idea que el aula universitaria contemporánea no debería dejar pasar. La capacidad de trabajar en concentración profunda durante períodos largos, sostiene Newport, se está volviendo cada vez más rara en la economía contemporánea. Y precisamente por eso, cada vez más valiosa. Quienes logren mantenerla, en un mundo donde casi nadie puede, tendrán una ventaja desproporcionada en cualquier campo intelectual que practiquen. La universidad, leída desde esta tesis, no tiene que entrenar a sus estudiantes para sobrevivir en la economía de la distracción. Tiene que entrenarlos para algo bastante más útil y más raro: ser capaces de retirarse de ella cuando la situación lo exija. Pensar profundamente. Leer profundamente. Escribir profundamente. Esas capacidades, que hoy se ofrecen en pocos lugares del mundo contemporáneo, son justamente las que el aula universitaria está en posición única para enseñar.

Conviene nombrar con precisión qué puede ofrecer un aula que ninguna pantalla puede replicar. Primero, presencia humana sostenida. Treinta personas en una sala durante hora y media, sin algoritmo que las distribuya según afinidades, viendo y siendo vistas. Segundo, ritmo lento. Una idea expuesta en veinte minutos, no en quince segundos. Una pregunta dejada en suspenso, sin respuesta inmediata por parte de un asistente virtual. Tercero, silencio compartido. Esos momentos extraños y valiosos en los que un grupo entero piensa al mismo tiempo, en silencio, sobre algo que vale la pena pensar. Cuarto, conversación sin algoritmo. Diálogos que no fueron seleccionados por una máquina por su capacidad de generar enganche, sino por su pertinencia frente a un problema real. Estas cuatro experiencias —presencia, lentitud, silencio, conversación no algorítmica— son cada vez más escasas en la vida cotidiana de los estudiantes. Y son, precisamente, las experiencias formativas centrales de la educación universitaria.

Pensar el aula como refugio del estímulo digital tiene consecuencias pedagógicas concretas. Implica, primero, no intentar imitar el formato de las plataformas. Una clase que se diseña para parecer TikTok pierde su valor diferencial: ofrece una versión empobrecida de algo que las plataformas hacen mejor. Implica, segundo, atreverse a la duración. Pedir lecturas largas, plantear preguntas complejas, sostener discusiones que no se resuelven en cinco minutos. Implica, tercero, modelar la atención que se pretende enseñar. Si el profesor revisa el celular durante la clase, sus estudiantes aprenden que la atención sostenida no es algo que él mismo practica, sino algo que les exige hipócritamente. Implica, sobre todo, reivindicar sin disculpas el ritmo lento del aula como un valor pedagógico, no como una limitación tecnológica. El aula es lenta porque la formación profunda exige lentitud, no porque le falte sofisticación.

Hay una dimensión adicional que conviene tomar en serio. El aula no es solo metodología; es espacio físico. Cuatro paredes, un cuerpo presente, una hora reservada, otras personas en el mismo cuarto. En un mundo donde los estudiantes pueden acceder al contenido de cualquier curso desde casa, en video, en cualquier momento, lo único verdaderamente irreemplazable del aula es justamente eso: que es un lugar. Un lugar al que uno va. Un lugar donde uno está, durante un rato, sin poder salir corriendo. Un lugar donde otras personas están haciendo lo mismo que uno, al mismo tiempo. Esta condición material —que la pandemia mostró que no es trivial cuando se pierde— es justamente la que vuelve posible el tipo de atención sostenida que ninguna plataforma puede entregar. La universidad que reconoce esto deja de pensar el aula como contenedor del contenido y empieza a pensarla como experiencia formativa por derecho propio. Y esa diferencia, sutil en apariencia, lo cambia todo.

Educar en tiempos de distracción no se trata, entonces, de pelear contra el celular ni de competir con las pantallas en su terreno. Se trata de algo más exigente y más interesante: construir, dentro de la universidad, un espacio que ofrezca lo que ya no se encuentra en casi ningún otro lugar de la vida cotidiana del estudiante. Concentración profunda. Lectura paciente. Conversación lenta. Silencio que piensa. Presencia humana sin filtros. El aula universitaria puede convertirse, si se la diseña con esta conciencia, en uno de los pocos refugios atencionales que le quedan al joven contemporáneo. Y un refugio, conviene recordarlo, no es un lugar donde se huye del mundo. Es un lugar donde se recupera lo que el mundo está volviendo imposible. Eso, y no la innovación tecnológica permanente, es probablemente lo más valioso que la educación superior puede ofrecer hoy a sus estudiantes.

Referencias

Hari, J. (2022). El valor de la atención: por qué nos la robaron y cómo recuperarla. Península.

Mark, G. (2023). Attention span: A groundbreaking way to restore balance, happiness and productivity. Hanover Square Press.

Newport, C. (2016). Deep work: Rules for focused success in a distracted world. Grand Central Publishing.

Wolf, M. (2018). Lector, vuelve a casa: cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas. Deusto.

Carr, N. (2011). Superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes? Taurus.

Han, B. C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Alba Cecilia Linares Soto

Arnold Francisco Díaz Jiménez

Profesores del Departamento de Humanidades – Universidad De La Costa, CUC.

Invitado

Mgtr. Sonnyer Martínez Moreno – Profesor Universidad De La Costa, CUC.

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