Más Allá Del Castigo: El Reto De Educar En El Caos De La Adversidad Colombiana

En Colombia, crecer no es un proceso lineal; es, para muchos, un ejercicio de supervivencia. El desarrollo de nuestra infancia y adolescencia está marcado por cicatrices profundas: pobreza, desplazamientos, violencia en el hogar y un conflicto armado que parece no darnos tregua. Estos factores no son solo «contexto», son fuerzas que moldean el cerebro de los estudiantes. Hablar de educación hoy, desde una mirada investigativa, nos obliga a entender que una arista pertinente, es el trauma psicosocial, pues no solo hiere el alma, sino que altera las funciones ejecutivas, esas herramientas mentales que nos permiten aprender y convivir.

A pesar de que nuestras leyes hablan de inclusión, en los pasillos de las escuelas seguimos atrapados en una vieja costumbre: tratar el dolor o la desregulación como un simple problema de disciplina. Este ensayo vinculado a un potencial objeto de investigación doctoral, plantea que seguir castigando lo que en realidad es una respuesta al trauma es ineficaz y, francamente, una violación a la dignidad y al derecho a la educación.

El desarrollo humano nunca ocurre de manera aislada. Por el contrario, es el resultado de una interacción constante entre la biología y las condiciones psicosociales que rodean al individuo desde sus primeros años de vida. La corteza prefrontal es, por decirlo de algún modo, el «director de orquesta» de nuestro cerebro. Se encarga de la memoria de trabajo, de frenar impulsos y de ayudarnos a ser flexibles. El problema es que esta zona tarda mucho en madurar y es sumamente sensible al estrés crónico.

En Colombia, donde tantos niños y jóvenes viven en alerta máxima, su sistema biológico de estrés permanece encendido. La ciencia es clara: el exceso de cortisol (la hormona del estrés) frena la maduración de la corteza prefrontal y sobreexcita la amígdala, la zona del miedo. Lo que los profesores ven como «rebeldía» o «falta de voluntad» es, con frecuencia, un cerebro que se adaptó para sobrevivir en un entorno hostil. No es que el niño no quiera portarse bien; es que su cerebro está programado para la defensa, no para la calma del aula.

En el día a día escolar, un estudiante con trauma tiene dificultades para concentrarse o seguir instrucciones largas. Su mente suele estar atrapada en la hipervigilancia: siempre esperando que algo malo pase.

Lamentablemente, el sistema escolar suele responder con reportes, sanciones y expulsiones. Muchos manuales de convivencia, aunque digan lo contrario, siguen operando bajo una lógica de premio y castigo que choca frontalmente con la realidad social del país. Interpretamos la rigidez mental del estudiante como un desafío a la autoridad, olvidando que, en un hogar violento o inestable, ser rígido fue quizás la única forma que ese joven encontró para sentir algo de control. Estamos castigando la biología de la supervivencia.

El castigo no solo falla pedagógicamente, sino que también camina en contravía de nuestra Constitución. Colombia define la educación como un derecho fundamental orientado al desarrollo armónico e integral. Nuestra normativa es hermosa en el papel —habla de resolución pacífica y protección de derechos—, pero la práctica diaria en las instituciones es otra historia.

Cuando suspendemos a un estudiante que ya carga con un historial de trauma, solo logramos disparar su estrés y reafirmar su exclusión. El castigo no enseña a autorregularse; por el contrario, refuerza el ciclo de deserción y vulnerabilidad que el Estado, teóricamente, debería prevenir.

¿Cuál es el camino? Necesitamos una pedagogía sensible al trauma. Esto significa dejar de ver al docente como un vigilante y empezar a verlo como un «corregulador». Un estudiante que no puede controlarse necesita un adulto que le brinde estructura, seguridad y calma, no uno que le grite o lo sancione.

Una aproximación de intervención estaría relacionada con: Fortalecer las funciones ejecutivas: Integrar proyectos que estimulen la planificación y el control de impulsos de forma lúdica y segura. Instaurar una cultura de Justicia Restaurativa: En lugar de expulsar, debemos permitir que el joven entienda el daño y aprenda a repararlo. Esto construye ciudadanía y dignidad; de igual modo trabajar la configuración de ambientes seguros: El cerebro solo aprende cuando se siente a salvo.

Sin duda, el trauma en Colombia no es un drama individual; es el síntoma de una sociedad desigual. Seguir tratando los efectos neurobiológicos del trauma con la vara del castigo es un error ético y pedagógico que no podemos permitirnos.

La neurociencia nos da una gran esperanza: el cerebro es plástico. Con entornos escolares compasivos, estructurados y protectores, la recuperación es posible. Cambiar el castigo por la comprensión no es ser «blandos»; es cumplir con un mandato constitucional y ético. Solo cuando la escuela se convierta en un espacio de reparación, Colombia podrá decir que realmente está educando para la paz.

Autores Invitados:      Ana María Miranda Tapias. Mg Educación; Coordinadora de la IED Rural de Cantagallar en el Piñón Magdalena.

Reinaldo Rico Ballesteros: Mg Educación. Investigador senior. Docente de la IED Jorge Issac de Barranquilla.

 

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