Neuroplasticidad Y Proyecto De Vida En La Formación Universitaria

Hay algo que muchos estudiantes universitarios cargan sin decirlo. Llegan al aula convencidos, en silencio, de que ya están hechos. De que su carácter es ese, sus capacidades son las que son, sus posibilidades están más o menos dibujadas, y de que la carrera apenas servirá para confirmar al que ya son. Lo dicen poco, pero se les nota: en cómo asumen una mala nota como sentencia, en cómo se autodescartan antes de intentar. Esa idea —tan callada como tenaz— es probablemente uno de los frenos más grandes para construir un proyecto de vida que se sostenga. Si el joven da por sentado que su cerebro ya está terminado, ¿con qué energía va a comprometerse a cambiar? La buena noticia es que la neurociencia, desde hace décadas, viene diciendo otra cosa.

Conviene poner el término sobre la mesa antes de seguir. La neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso para modificarse —en estructura y en función— a partir de lo que vive, aprende y experimenta (Staudinger, 2020). Y conviene aclararlo de entrada, porque la palabra se ha desgastado en manos de la autoayuda: no es metáfora, no es eslogan, no es marketing motivacional. Es un hecho biológico. El cerebro humano, entre los dieciocho y los veinticinco años, conserva una capacidad de reorganización sináptica que coincide, casualidades de la biología, con los años en que el joven está en la universidad. Los hábitos que asuma, las decisiones que sostenga, hasta las preguntas que se atreva a formularse, dejan huella material en la forma de su cerebro. No es una promesa bonita: es un dato.

Y este dato cobra otra dimensión cuando se cruza con un hallazgo cercano. La corteza prefrontal —la zona del cerebro encargada de planificar, decidir, anticipar consecuencias y regular las emociones— no termina de madurar sino hasta cerca de los veinticinco años (Arain et al., 2013). Hagamos la cuenta: justo las funciones que pide cualquier proyecto de vida, esas que permiten imaginar un futuro, comparar caminos y posponer un placer inmediato en nombre de una meta más grande, están afinándose mientras el estudiante asiste a clases. Vista así, la carrera profesional deja de ser solo un recorrido académico. Es, en sentido literal, el escenario biológico donde la capacidad misma de proyectarse se está terminando de instalar.

De ahí que el proyecto de vida no deba entenderse como un ejercicio decorativo de bienestar institucional, sino como una práctica formativa con sustento neurobiológico. Cuando un joven se sienta a escribir hacia dónde quiere ir, qué tipo de profesional quiere ser, qué valores está dispuesto a defender, no está cumpliendo un requisito blando: está ejercitando circuitos prefrontales que se fortalecen con el uso. Beauport y Díaz (2008) lo planteaban con claridad: pensar el propio futuro es, literalmente, una forma de modelar el cerebro. Cada plan elaborado con honestidad, cada meta revisada con disciplina, cada decisión que el estudiante toma para acercarse a su horizonte, refuerza redes neuronales que después le servirán para sostener proyectos más complejos en la vida adulta.

Conviene decirlo en su versión menos amable. Si la neuroplasticidad esculpe el cerebro a partir de lo que se hace, también lo esculpe a partir de lo que se deja de hacer. El joven que pasa sus años universitarios sin pensar a fondo en lo que quiere, navegando por inercia entre clases y entretenimiento, también está modelando su cerebro: lo está entrenando para la pasividad, para la respuesta inmediata, para la dificultad de planificar a largo plazo. Una investigación reciente en neuroeducación lo confirma: los hábitos sostenidos durante la adultez emergente dejan marcas estables en la conectividad cerebral, tanto si fortalecen la capacidad de propósito como si la debilitan (Chillo et al., 2025). No existe un periodo neutro. Cada semestre cuenta.

Esta evidencia obliga a repensar el papel del docente universitario. Acompañar a un estudiante a construir su proyecto de vida no es una tarea complementaria, ni algo que deba quedar relegado a la oficina de bienestar. Es una intervención formativa de primer orden, con efectos medibles en la trayectoria del joven. Una conversación honesta sobre vocación, una pregunta bien formulada en clase sobre el sentido del aprendizaje, un seminario que exija al estudiante imaginarse a sí mismo en diez años: todas son situaciones que activan la corteza prefrontal y, por la lógica de la plasticidad, la consolidan. La Casa del Maestro, desde el Departamento de Humanidades, ha venido insistiendo en esta idea: la universidad no solo enseña contenidos, también enseña a proyectarse, y esa segunda enseñanza tiene base biológica.

Por todo lo anterior, hablar de neuroplasticidad y proyecto de vida en el contexto universitario no es mezclar dos modas pedagógicas. Es reconocer que la formación profesional ocurre en un cerebro que todavía está terminándose de construir, y que los años de la carrera son una ventana biológica que no se vuelve a abrir de la misma manera. Decirle al estudiante que su futuro depende de lo que haga ahora deja de ser una frase motivacional cuando se entiende que, en sentido literal, está modelando el órgano con el que va a pensar el resto de su vida. La pregunta, entonces, no es si los jóvenes pueden cambiar. La pregunta es qué les estamos ofreciendo, como universidad, durante esos años irrepetibles en que el cambio todavía es posible.

Referencias

Arain, M., Haque, M., Johal, L., Mathur, P., Nel, W., Rais, A., Sandhu, R., & Sharma, S. (2013). Maturation of the adolescent brain. Neuropsychiatric Disease and Treatment, 9, 449–461. https://doi.org/10.2147/NDT.S39776

Beauport, E. de, & Díaz, A. S. (2008). Las tres caras de la mente: Aprender a usar las tres redes del cerebro para conocer mejor el mundo (2.ª ed.). Alfa.

Chillo Proaño, C. B., Barahona Urgiles, L. P., González Acosta, E. D. J., & Morán Anchundia, M. G. (2025). Neurodidáctica y educación superior: un enfoque científico para mejorar el aprendizaje en el aula universitaria. Polo del Conocimiento, 10(1).

Redolar, D. (Ed.). (2023). Neurociencia cognitiva (2.ª ed.). Editorial Médica Panamericana.

Staudinger, U. M. (2020). The positive plasticity of adult development: Potential for the 21st century. American Psychologist, 75(4), 540–553. https://doi.org/10.1037/amp0000612

Vásquez Rocca, L. (2024). Neuroeducación: aplicaciones de la neurociencia para mejorar la enseñanza. South Florida Journal of Development, 5(12), 1–16.

Dayana Marcela Mier Villalba

Arnold Francisco Díaz Jiménez

Profesores del Departamento de Humanidades – Universidad De La Costa, CUC.

Invitado

Mgtr. Sonnyer Martínez Moreno – Profesor Universidad De La Costa, CUC.

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