Sueño Y Rendimiento Académico Universitario: Una Variable Que La Universidad Sigue Tratando Como Privada

El dato conviene leerlo despacio, dos veces si hace falta. Un estudio reciente realizado con novecientos dos universitarios de Colombia y México dejó al descubierto una cifra difícil de pasar por alto: en el caso colombiano, el setenta por ciento de los participantes reportó problemas significativos en la calidad de su sueño. La cifra mexicana, para tener punto de comparación, fue del sesenta y dos por ciento (Cortés-Álvarez et al., 2024). Y, sin embargo, en un país donde la educación superior se discute permanentemente en términos de currículo, evaluación, tecnología o calidad institucional, ese dato suele caer en algún rincón marginal de la conversación pedagógica. Como si el sueño fuera un asunto estrictamente privado, algo que el estudiante debe resolver en su casa, sin relación con lo que la universidad le pide o le ofrece. La evidencia, sin embargo, dice otra cosa, y la dice cada vez con más fuerza. La calidad del sueño es una de las variables más potentes que predicen el rendimiento académico universitario. Y sigue siendo, paradójicamente, una de las menos atendidas por las instituciones que se preocupan por ese mismo rendimiento.

Conviene tener a mano un dato cuantitativo para sostener esta conversación. De acuerdo con una investigación reciente publicada por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, cada hora de sueño que el estudiante pierde por debajo de las ocho horas recomendadas equivale a una caída cercana a 0,07 puntos en su promedio académico acumulado (National Institutes of Health, 2024). A primera vista, la cifra parece pequeña. No lo es. Multiplicada por dos o tres horas de déficit cotidiano y sostenida durante varios semestres consecutivos, esa pérdida pequeña por noche se convierte en una alteración seria de la trayectoria académica completa. La misma investigación añadió dos datos que vale la pena retener. Primero: la privación crónica de sueño eleva en un doce por ciento la probabilidad de reprobar un curso o retirarse de él. Segundo: los estudiantes de primer año son quince por ciento más vulnerables a un deterioro académico significativo cuando duermen mal. No hablamos, entonces, de un efecto menor ni de una correlación tenue. Hablamos de un factor estructural que opera en silencio, sin que el estudiante lo note y sin que la universidad lo enfrente.

 

Para entender por qué importa, conviene recordar algo que la neurociencia lleva tres décadas precisando con claridad. Dormir no es ausencia de actividad cerebral. Es, al contrario, un período de intensa actividad selectiva, durante la cual el cerebro hace operaciones específicas que la vigilia no permite. Consolidación de la memoria, transfiriendo información del hipocampo a la corteza para que dure. Limpieza metabólica, mediante el sistema glinfático que elimina residuos acumulados durante el día. Reorganización de los aprendizajes, integrando lo aprendido con lo previamente conocido. Cuando un estudiante reduce su sueño de ocho a cinco horas durante el período de exámenes, lo que está haciendo no es ganar tiempo de estudio. Está, en términos neurobiológicos precisos, sacrificando los procesos que vuelven útil ese estudio. Estudiar sin dormir es una de las formas más eficientes de no aprender. Y la cultura universitaria, paradójicamente, ha venido valorando ese sacrificio como muestra de compromiso académico.

La investigación en universidades hispanohablantes confirma con detalle este panorama. Suardiaz-Muro y colaboradores (2023), en un estudio con seiscientos cuarenta estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid, encontraron asociación significativa entre calidad del sueño y rendimiento académico durante el período de exámenes. En Colombia, una investigación con estudiantes de medicina de la Universidad de Cartagena documentó alta prevalencia de mala calidad del sueño e insomnio, con asociación estadística significativa al rendimiento. Otra investigación con trescientos trece universitarios del suroccidente colombiano clasificó al ochenta y nueve por ciento de los participantes como malos durmientes, según el Índice de Pittsburgh. Los datos son consistentes a través de distintos estudios, países e instituciones, lo cual descarta que se trate de hallazgos circunstanciales. Estamos frente a un patrón sistemático que la educación superior latinoamericana ha ido normalizando sin examinar.

Conviene aquí evitar una tentación pedagógica común, y que muchas veces se cuela en las conversaciones sobre el tema: culpabilizar al estudiante por no dormir lo suficiente. Como si dormir cinco horas fuera el resultado de una mala decisión individual, fácilmente corregible mediante una charla motivacional sobre higiene del sueño. La realidad universitaria colombiana es más compleja. Un estudiante que trabaja medio tiempo o jornada completa, que se desplaza dos horas diarias entre casa y universidad, que ayuda en responsabilidades familiares, que estudia hasta tarde porque es el único tiempo que tiene, no está eligiendo dormir mal. Está, sencillamente, agotado por estructuras de vida que la universidad rara vez reconoce al planificar sus exigencias. Por eso conviene asumir, con franqueza, que el problema del sueño universitario tiene componentes individuales pero también estructurales. No se resuelve con afiches sobre higiene del sueño. Se resuelve, en parte, repensando el ritmo institucional que la universidad impone.

Hay decisiones concretas que la universidad puede tomar, y que algunas instituciones ya están tomando con resultados documentados. Evitar programar exámenes acumulados en horarios de madrugada o muy tempranos, reconociendo que el cerebro joven funciona mejor a partir de ciertas horas. Distribuir las cargas académicas a lo largo del semestre, en lugar de concentrarlas en períodos de exámenes que obligan al estudiante a sacrificar sueño. Ofrecer educación explícita sobre el papel del sueño en el aprendizaje, no como charla suelta, sino integrada a asignaturas donde el tema sea pertinente. Diseñar políticas de bienestar que reconozcan la deprivación de sueño como problema institucional, no individual. Y, con honestidad, revisar la cultura docente que premia simbólicamente al estudiante que estudia hasta la madrugada y desconfía del que llega descansado a clase. Esa cultura, sostenida durante décadas, contradice directamente lo que la evidencia indica sobre cómo aprenden los seres humanos.

Tratar el sueño como un asunto privado del estudiante es probablemente uno de los puntos ciegos más serios de la educación superior contemporánea. Privado no es. Cuando una universidad recibe estudiantes y se compromete a formarlos, está asumiendo una responsabilidad que incluye, entre otras cosas, no diseñar exigencias que sistemáticamente impidan los procesos biológicos básicos sobre los que ese aprendizaje depende. La investigación es clara. Los datos colombianos son claros. La neurobiología es clara. Lo único que sigue siendo confuso es por qué seguimos tratando como detalle marginal una variable que predice el rendimiento académico con la potencia con que lo predice el sueño. Conviene, en algún momento, hacer lo que la evidencia lleva años pidiendo: dejar de fingir que un estudiante que duerme seis horas y estudia diez es un estudiante comprometido, y empezar a reconocerlo por lo que es. Un estudiante en condiciones inadecuadas para aprender bien. Esa diferencia, leída con seriedad, cambia mucho de lo que la universidad hace con sus estudiantes y por sus estudiantes.

Referencias

National Institutes of Health. (2024). Sleep and academic performance in college students: Longitudinal evidence. NIH Research Brief.

Suardiaz-Muro, M., Ortega-Moreno, M., Morante-Ruiz, M., Monroy, M., Ruiz, M. A., Martín-Plasencia, P., & Vela-Bueno, A. (2023). Sleep quality and sleep deprivation: Relationship with academic performance in university students during examination period. Sleep and Biological Rhythms, 21(3), 377–383. https://doi.org/10.1007/s41105-023-00457-1

Zhang, P., et al. (2024). Better sleep is associated with higher academic performance: An actigraphy-based analysis. Scientific Reports, 14, 33775.

Walker, M. (2017). Por qué dormimos: la nueva ciencia del sueño. Capitán Swing.

Cortés-Álvarez, N. Y., Vuelvas-Olmos, C. R., & Quintero-Reyes, T. (2024). Estrés académico y calidad del sueño en estudiantes universitarios en dos países de Latinoamérica. Psyké, 33(1).

Monterrosa-Castro, Á., Ulloque-Caamaño, L., & Carriazo-Julio, S. (2014). Calidad del dormir, insomnio y rendimiento académico en estudiantes de medicina. Duazary, 11(2), 85–97.

 

Arnold Francisco Díaz Jiménez

Profesor del Departamento de Humanidades – Universidad De La Costa, CUC.

Carolina Mercado Porras

Profesor del Departamento de Humanidades – Universidad De La Costa, CUC.

Invitado

Mgtr. Sonnyer Martínez Moreno – Profesor Universidad De La Costa, CUC.

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